El saltamontes y el búho.

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Un búho, acostumbrado a alimentarse por la noche y dormir durante el día, fue enormemente molestado por el ruido de un saltamontes y seriamente le suplicó que  dejara de chillar. El saltamontes rechazó la petición, y chilló más alto, y a su vez más alto el búho volvía a suplicarle. Cuando vio que no podía conseguir ninguna bondad y que sus palabras eran despreciadas, el búho atacó al parlanchín con una estratagema.

–Ya que no puedo dormir,– dijo, –debido a su canción que, créame, es dulce como la lira de Apolo, me complaceré en la bebida de un néctar que Pallas últimamente me dio. Si no le disgusta, venga conmigo y lo beberemos juntos.–

El saltamontes, quién tenía sed, y complacido con la alabanza para su voz, con impaciencia aceptó. El búho lo esperó al frente de su hueco, lo agarró, y lo usó para su cena.

 

Ser intolerante solo conduce a ser rechazado y al fracaso.

 

 

 

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